TOCATTA Y FUGA EN LA MAYOR
La mañana del jueves 13 de diciembre de 2001, la guardia de la Cárcel Central realizó como todos los días el conteo de los internos, pero... ¡caramba! ¡faltaba uno! Pensando que podían haber cometido un error, los guardianes volvieron a contar, esta vez anotando en un papelito: uno, dos, tres, cuatro... Sí, no había caso: faltaba un preso. Entonces pasaron lista: "-¿Jorge Rodríguez? -¡Presente!; -¿Roberto Fernández? -¡Presente!; -¿Javier Gómez? -............; -¡Javier Gómez! -.............." Sí, no había caso, Javier Gómez no estaba. -"Entonces el que falta es Javier Gómez," le dijo un guardia a otro. -"¿Estás seguro? No sea cosa que metamos la pata..." le contestó el primero.
Javier Dalton Gómez Nadales estaba preso en la Cárcel Central de la Jefatura de Policía, en pleno centro de la ciudad de Montevideo. Había sido trasladado allí desde la cárcel de Santiago Vázquez para proteger su vida, ya que estaba amenazado por sus compañeros por haber violado la ley del silencio, y revelar a las autoridades datos de una vendetta interna que terminó con el asesinato de un preso. Llegado que fue a "la cárcel más segura del país", Gómez puso manos a la obra: consiguió dos limas y comenzó a cortar los barrotes de la ventana de su celda. Sin que nadie se percatara de nada, y tras varios días de labor, "McGiver" retiró los barrotes, los apoyó en el piso sin hacer ruido, salió por la ventana y comenzó a escalar la pared de un patio interior hasta llegar a la azotea. Una vez allí, atravesó la manzana hasta una casa vecina, desde donde se descolgó hasta la calle mediante el uso de cuerdas.
No es ésta la primera vez que un inquilino de la Cárcel Central rompe el contrato. Hace poco más de un año, dos rapiñeros que usaban los nombres artísticos de "El Brasilero" y "El Cotorra Loca", también limaron los barrotes de su celda y escalaron una pared. Esa vez -en cambio- no se fueron por las azoteas amparados en las sombras de la noche, sino que abandonaron el convento de día y por la puerta principal. Del mismo modo se fue un ciudadano argentino que había sido detenido en el Puerto de Montevideo acusado de integrar una red terrorista que venía cometiendo atentados en la Ciudad de Buenos Aires. Agrandado como todos los porteños, el ingrato ni siquiera limó barrotes: vió abierta la puerta de la celda y se fue sin saludar.
El Jefe de Policía de Montevideo, Nelsi Bobadilla (si, el tipo se llama Bobadilla, lo juro), informó a la prensa que dispuso una exhaustiva investigación interna, para averigüar cómo hizo Gómez para conseguir las limas, cómo fue que las herramientas no fueron halladas en los controles que realizan los funcionarios de Cárcel Central, y cómo pudo ser que la guardia del establecimiento y el resto de los efectivos que de madrugada revistan "en la casa matriz de la Policía capitalina" no se percataron de nada. ¡Vamos Bobadilla! ¿Quiere que le explique?