(y a mi no me importa mucho que digamos)

sábado, 14 de noviembre de 2009

MONUMENTOS Y LUGARES

El arquitecto Román Fresnedo Siri era una persona seria y sin maldad. Si hubiera tenido un poco más de boliche, enseguida hubiera desechado esa loca idea de homenajear al difunto Presidente de la República Luis Batlle Berres mediante una media parábola vertical de 33 metros de altura. Se supone que esa forma geométrica simboliza el ademán característico del malogrado presidente. Si, es verdad, Luis Batlle saludaba con los dos brazos en alto.

Pero bueno, vistos de lejos, esos dos brazos del monumento se parecen demasiado a un buen par de cuernos como para poder siquiera soñar con que se los iba a llamar de otra manera, por muy fiel que le haya sido toda su vida Doña Matilde al sobrino de Pepe y padre de Jorge.

Para peor, a medida que pasan los años el problema que se suscita, es que el mote se afirma cada vez más por la sencilla razón de que las nuevas generaciones no tienen la más mínima idea de quien cornos (precisamente ¿vio?) fue Luis Batlle Berres. Preguntan por “los cuernos de Batlle”, pero no saben si se trata de los de José, los de Luis o los de Jorge. Apuesto a que la mayoría piensa que son los de Jorge o los de José. Las nuevas generaciones ya casi ni saben que existió alguien llamado Luis Batlle.

También apuesto a que la mayoría piensa que el de los cuernos y el de la avenida Luis Batlle Berres son personas distintas. Insisto, a esta altura, en el imaginario colectivo sólo existen dos Batlle: José, el que hizo todo lo bueno; y Jorge, el que hizo todo lo malo.

Y lo mismo pasa con la calle que homenajea a Lorenzo Batlle. Apuesto también a que cuando la gente que va a la Médica Uruguaya lee la chapa nomenclatora que dice “Presidente Batlle”, piensa en José. No, no se me ponga guarango, no haga preguntas tontas ni busque la rima fácil, compórtese, hablo de José Batlle y Ordóñez (ex Propios), que ni se fue ni vino. Dicho sea de paso: parto difícil ese cambio de nombre ¿no? Yo estoy convencido de que hasta que no muera el último uruguayo nacido en el siglo XX, no terminará de sustituirse el uno por el otro.

Y ahora que hablo de ésto, me acuerdo de que el viejo Herrera ligó bárbaro: para que su monumento y su casa coincidieran con su calle, le pusieron su nombre a la Avenida Larrañaga. Luego, cuando se dieron cuenta de que el monumento a Larrañaga no estaba más en la Avenida Larrañaga, sino en Luis Alberto de Herrera y Avenida Centenario, le pusieron Larrañaga a un pedazo de la Avenida Centenario (porque si le cambiaban el nombre a toda la Avenida Centenario, luego no iba a coincidir con el Estadio idem) y listo el pollo.

En cambio, el monumento a José Batlle y Ordóñez (dicho sea de paso, el más modesto de los tres monumentos), no está en la avenida que lleva su nombre, sino en la Avenida de las Leyes, enfrente al Palacio Legislativo (como vigilando para que ahí adentro no hagan demasiadas macanas).

En fin, para dejarme de embromar de una buena vez con esto de los monumentos y los lugares, haré mención al triste destino de José Artigas. “¿Qué miércoles estoy haciendo acá?” se preguntaría seguramente el prócer si sus cenizas cobraran vida como en las películas de Roger Corman, al verse en una plaza que conmemora la independencia del país que fundaron sus traidores, mirando a una avenida que conmemora la jura de la Constitución de los terratenientes, y subido arriba de un terrible percherón, siendo que toda su vida anduvo en livianos caballitos criollos.