(y a mi no me importa mucho que digamos)

viernes, 18 de septiembre de 2009

MIRANDO MAPAS


En las paredes de este apartamento donde vivo por ahora, a falta de cuadros he pegado mapas de la National Geographic Society. Algunos ya los tenía, otros los compré en un puesto en Tristán Narvaja a diez pesos cada uno. Siempre me gustaron los mapas, de chiquito me gustaron.

Porque mirar un mapa con detenimiento es como viajar, y mucho más vívida es esa sensación si uno realmente ha estado allí en algún momento. Y como también desde chiquito me gustaron las documentales y los libros de viajes, en esos mapas hay muchos lugares en los que nunca estuve pero sí estuve.

Y como también desde chiquito miraba seriales americanas en la tele, cuando pasé por New York nada me sorprendió. Todo era conocido, todo habitual, todo déjà vu. De Canadá no puedo decir lo mismo, pero como es una mezcla de Estados Unidos y Europa, al fin de cuentas uno tampoco se siente demasiado extranjero.

Pero el mundo está cambiando tan rápido, que he sentido la necesidad de colocar en lugares destacados los mapas de China e India, para comenzar a familiarizarme con el futuro. Por ahora me sigo sintiendo extranjero en esos lugares. Mi dedo índice recorre esos mapas y mi mirada lo sigue, pero el ojo no me dice nada.

Eso cambia sólo cuando llego al Himalaya, y recuerdo al buen Tientsing que tanto me ayudó a conquistar el Everest, y el K2 o Godwin-Austen o Nanga Parbat en el Karakorum, y aquel té ahumado con grasa de yak que tomábamos al borde del glaciar. Y otras veces recuerdo cuando fuí Ronald Colman primero y Michael York después y pasé aquellos meses maravillosos en Shangrilá, y pucha que fui tonto que no me quise quedar. Pero bueno, ya no hay marcha atrás, esas oportunidades de ser inmortal sólo se presentan una vez en la vida. Paciencia.