(y a mi no me importa mucho que digamos)
sábado, 6 de abril de 2013
martes, 2 de abril de 2013
INODORO EN EL MURO
Pero no cualquier inodoro, no señor, Inodoro con mayúscula, Pereyra para más datos.
Asoma en el muro de un edificio de la calle Bernardo Susviela, tapándose los ojos como no queriendo ver lo que sucede en ese patio.
Lo que sorprende no es sólo la originalidad, si no el buen humor de arquitectos y habitantes, un bien cada vez más escaso por estos días.
Asoma en el muro de un edificio de la calle Bernardo Susviela, tapándose los ojos como no queriendo ver lo que sucede en ese patio.
Lo que sorprende no es sólo la originalidad, si no el buen humor de arquitectos y habitantes, un bien cada vez más escaso por estos días.
sábado, 16 de marzo de 2013
¿PARA QUÉ LA VAS A HACER FÁCIL SI LA PODÉS HACER DIFÍCIL?
Los "carteleros" de Coetc son muy creativos. En esta oportunidad, le han agregado al aviso un largo y redundante principio ("Señoras y señores pasajeras/os: les recordamos a ustedes que...") con lo que yo llamo "complejo de género" (eso de pasajeras/os, como lo de uruguayas y uruguayos de aquél otro), sino que además han inventado un aparato que se llama "disckman" (el que supongo que es una mezcla de un disCman un un walKman), que se puede escuchar sin auriculares, aunque no en el ómnibus. Ha de ser algo muy nuevo, porque ninguno de los discman que he visto en el mundo tienen parlantes, por lo que la única manera de escucharlos siempre fue con auriculares.
Por otro lado, y ya que estamos con los amigos de la Coetc, les diré que a mi me parece muy bien que desinfecten y "desinsecten" (¡qué creatividad!) los ómnibus, pero si también los lavaran un poquito no vendría nada mal. ¿No?
¿NO VES QUE NO SE PUEDE SER BUENO?
Primero le pusimos: "se agradece no fumar", y el tipo siguió fumando. Después tachamos el "se agradece", transformándolo en una orden: "no fumar"; y no hubo caso, ni pelota. Luego se lo pusimos en criollo: "Aquí no se fuma, támo!!!" pero tampoco funcionó, el tipo abría la ventana y echaba el humo para afuera. Al final tuvimos que contratar otro sereno...
jueves, 14 de febrero de 2013
¿CONFIAR EN LA JUSTICIA? ¿LO QUÉ?
Es muy habitual escuchar a políticos, dirigentes sindicales, y figuras públicas en general, decir un día sí y otro también: "Yo confío en la Justicia," al referirse a alguna denuncia, proceso, o investigación en curso que los atañe directa o indirectamente. Pues bien, yo declaro públicamente que no confío en la Justicia. La acato, la respeto, sigo sus mandamientos, pero no confío en ella a priori. Y lo mismo digo de la Policía.
Podré sí, confiar en determinado juez, pero no en la justicia como un ente homogéneo, porque no lo es. Además las leyes no son fórmulas matemáticas. Desde el momento en que existe la posibilidad de "interpretarlas", están más cerca del arte que de la ciencia. Por eso acato y respeto, pero no confío.
La Policía y la Justicia son inevitables si aspiramos a vivir en una sociedad más o menos ordenada. Allí donde no existen, reina el caos y la ley del más fuerte, por eso es preferible que exista un cierto orden -aunque sea injusto- y ese orden se impone mediante la policía y la justicia. Quienes ejercen dichas potestades son seres humanos, y los seres humanos son falibles, por eso no se puede “confiar” a priori en las instituciones que integran.
Podré sí, confiar en determinado juez, pero no en la justicia como un ente homogéneo, porque no lo es. Además las leyes no son fórmulas matemáticas. Desde el momento en que existe la posibilidad de "interpretarlas", están más cerca del arte que de la ciencia. Por eso acato y respeto, pero no confío.
La Policía y la Justicia son inevitables si aspiramos a vivir en una sociedad más o menos ordenada. Allí donde no existen, reina el caos y la ley del más fuerte, por eso es preferible que exista un cierto orden -aunque sea injusto- y ese orden se impone mediante la policía y la justicia. Quienes ejercen dichas potestades son seres humanos, y los seres humanos son falibles, por eso no se puede “confiar” a priori en las instituciones que integran.
viernes, 1 de febrero de 2013
2054
Las pocas veces en que encuentro a Brian y a Jennifer sin los auriculares puestos aprovecho para hablarles, incluso para contarles como era el mundo y San Felipe cuando yo era adolescente. Durante un rato ellos escuchan por cortesía y hasta llegan a emitir unos sonidos guturales muy originales que fungen como una especie de comentario a mis relatos. Pero unos minutos después es muy evidente que se aburren, y entonces sonríen, se vuelven a colocar los auriculares, y siguen con sus vidas (es decir: escuchando música y al mismo tiempo hablando por teléfono con sus amigos, mientras arman cajas de cartón para el centro comercial).
Al principio, cuando les contaba que conocí un San Felipe en el que las vecinas barrían y hasta lavaban las veredas y batallones de empleados municipales barrían las calles hasta en las zonas más apartadas del centro, pensaban que les estaba haciendo una broma. Hoy, directamente creen que desvarío, que chocheo, que invento esas historias tan descabelladas. Los entiendo, ellos no conciben que la suciedad moleste a alguien. Sus padres –incluso– ya no se acuerdan demasiado de aquellas épocas, eran muy chicos. “Deja ya eso, papi, al pasado pisado, mejor olvídalo” –me dicen con acento caribeño quitando unos segundos la mirada del televisor de plasma y frunciendo el ceño con preocupación.
Pero los recuerdos rondan y rondan por mi cabeza y no me dejan olvidar aquella ciudad limpia y silenciosa que quise tanto. Brian y Jennifer lisa y llanamente no me creen cuando les cuento que antes San Felipe era una ciudad silenciosa, y que apenas las familias acomodadas tenían un aparato de radio. Recuerdo cuando con mis padres nos sentábamos al fresco a leer los diarios de la noche y a escuchar el canto de los pájaros. Recuerdo que todos pasábamos largos ratos conversando de una cosa o de otra, y que hablábamos por turno, esperando a que terminara uno para comenzar a hablar otro. Recuerdo que cuando prendíamos la radio para escuchar algún programa, todos nos sentábamos alrededor y guardábamos silencio (esta es una de las cosas que les hace más gracia a mis nietos, esa imagen de una familia escuchando una radio sin auriculares, y todavía en silencio).
Brian y Jennifer no me creen cuando les cuento que antes no existían los cuidacoches ni los limpiadores de parabrisas, ni la mayoría de los semáforos siquiera. Se imaginan a los conductores sacando la cabeza por la ventanilla para ver por donde van. Para los que nos criamos teniendo al pasado presente gracias a las películas y la televisión de aquella época, resulta extraño imaginarselos imaginando eso. Pero no es su culpa, pues para la televisión de esta época el pasado no existe. Todo es presente y futuro. Y si hay pasado, es un pasado mitológico y fantástico, tan lejano que parece el futuro (así como antes en La Guerra de las Galaxias el futuro se parecía tantísimo al pasado).
Las veces en que –hastiado del ruido que hace su flamear incesante– salgo a juntar las bolsas de nylon que se amontonan en el alambrado del baldío de la esquina, Brian y Jennifer se asoman a la ventana y me miran con miedo. El resto de los vecinos también me mira desde detrás de sus cortinas, pero mayormente sonríe. Hay días en que limpiar el baldío me lleva más de una hora. Junto todas las bolsas en una bolsa más grande y luego camino dos cuadras y la tiro en el basural del barrio. Es un trabajo inútil, pues al poco tiempo el baldío está casi tan sucio como antes, pero me hace bien el ejercicio.
Al principio, cuando les contaba que conocí un San Felipe en el que las vecinas barrían y hasta lavaban las veredas y batallones de empleados municipales barrían las calles hasta en las zonas más apartadas del centro, pensaban que les estaba haciendo una broma. Hoy, directamente creen que desvarío, que chocheo, que invento esas historias tan descabelladas. Los entiendo, ellos no conciben que la suciedad moleste a alguien. Sus padres –incluso– ya no se acuerdan demasiado de aquellas épocas, eran muy chicos. “Deja ya eso, papi, al pasado pisado, mejor olvídalo” –me dicen con acento caribeño quitando unos segundos la mirada del televisor de plasma y frunciendo el ceño con preocupación.
Pero los recuerdos rondan y rondan por mi cabeza y no me dejan olvidar aquella ciudad limpia y silenciosa que quise tanto. Brian y Jennifer lisa y llanamente no me creen cuando les cuento que antes San Felipe era una ciudad silenciosa, y que apenas las familias acomodadas tenían un aparato de radio. Recuerdo cuando con mis padres nos sentábamos al fresco a leer los diarios de la noche y a escuchar el canto de los pájaros. Recuerdo que todos pasábamos largos ratos conversando de una cosa o de otra, y que hablábamos por turno, esperando a que terminara uno para comenzar a hablar otro. Recuerdo que cuando prendíamos la radio para escuchar algún programa, todos nos sentábamos alrededor y guardábamos silencio (esta es una de las cosas que les hace más gracia a mis nietos, esa imagen de una familia escuchando una radio sin auriculares, y todavía en silencio).
Brian y Jennifer no me creen cuando les cuento que antes no existían los cuidacoches ni los limpiadores de parabrisas, ni la mayoría de los semáforos siquiera. Se imaginan a los conductores sacando la cabeza por la ventanilla para ver por donde van. Para los que nos criamos teniendo al pasado presente gracias a las películas y la televisión de aquella época, resulta extraño imaginarselos imaginando eso. Pero no es su culpa, pues para la televisión de esta época el pasado no existe. Todo es presente y futuro. Y si hay pasado, es un pasado mitológico y fantástico, tan lejano que parece el futuro (así como antes en La Guerra de las Galaxias el futuro se parecía tantísimo al pasado).
Las veces en que –hastiado del ruido que hace su flamear incesante– salgo a juntar las bolsas de nylon que se amontonan en el alambrado del baldío de la esquina, Brian y Jennifer se asoman a la ventana y me miran con miedo. El resto de los vecinos también me mira desde detrás de sus cortinas, pero mayormente sonríe. Hay días en que limpiar el baldío me lleva más de una hora. Junto todas las bolsas en una bolsa más grande y luego camino dos cuadras y la tiro en el basural del barrio. Es un trabajo inútil, pues al poco tiempo el baldío está casi tan sucio como antes, pero me hace bien el ejercicio.
martes, 22 de enero de 2013
LA ENERGÍA SOLAR HA LLEGADO A VILLA COLÓN
Dentro del plan de obras 2013 del Municipio G de la Intendencia de Montevideo se han instalado estos revolucionarios faroles solares en la Plaza 12 de Octubre de Villa Colón. Las nuevas luminarias no sólo tienen un consumo igual a cero, sino que además no necesitan ningún tipo de inversión extraordinaria, ya que -utilizando la infraestructura ya existente- la instalación del nuevo sistema puede hacerse fácilmente con una piedra de tamaño mediano. Ante las quejas de algunos vecinos que aducen que las nuevas luminarias son inútiles porque funcionan sólo de día, el Director de Iluminación, Casimiro Miranda, ha explicado que con tanta cosa que están haciendo (también pintaron la raya amarilla en el medio de la Avenida Lezica), están teniendo problemas con el software, pero que en breve se harán los ajustes necesarios para que los faroles funcionen como es debido.
Farol apagado----------------Farol encendido
domingo, 20 de enero de 2013
lunes, 14 de enero de 2013
miércoles, 19 de diciembre de 2012
sábado, 15 de diciembre de 2012
SEGURIDAD DIVINA
¿Y qué querés que te diga? Dios quiera que nunca le roben el auto, no sea cosa que tenga que cambiar de religión. Chocar ya chocó, pero parece que fue culpa de él, que tuvo un pensamiento pecaminoso dando una marcha atrás. La parte espiritual la arregló con 3 padres nuestros, la material: cuando cobre el aguinaldo.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
EL SALVO PIERDE SU ANTENA
El Palacio Salvo hace unos meses:
El Palacio Salvo hace unos días:
El Palacio Salvo el 22 de noviembre de 2012:
Ahora es otra cosa ¿no?
domingo, 28 de octubre de 2012
jueves, 18 de octubre de 2012
miércoles, 17 de octubre de 2012
EL CAPITALISMO ES ASÍ
Gente sin hogar, gente sin techo, yonquis, vagabundos, vocingleros: allá donde fuera, en cualquier parte del mundo, las calles estaban llenas de ellos. Desvariando, buscando, envueltos en harapos, negros de suciedad, con enormes matas de pelo pegado, en silencio, imprecando o mendigando iban por las ciudades como si hubieran llegado de una prehistoria con el fin de recordar algo a la humanidad, pero ¿que? Algo moría continuamente en este mundo, y ellos lo ponían de manifiesto.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
PREMIOS
Felipe Polleri (El País Cultural)
Leyendo una muestra del cuento uruguayo en dos tomos, donde como siempre faltan y sobran, lo que no falta o, mejor dicho, abunda, son los autores premiados. Me quedé alelado; no sabía que en el mundo y en Uruguay se daban tal cantidad de premios: a troche y moche. Escritores jóvenes tienen un currículum que ya quisieran los autores maduros como yo, los viejos como yo, si yo alguna vez hubiera querido tener algo tan absurdo como un currículum o hacer una carrera. Estoy en otra cosa. Naturalmente, los grandes artistas del pasado nunca recibieron un así llamado premio: engendro podrido y moderno de la así llamada "industria cultural". Thomas Bernhard (1931-1988), genio austríaco a quien recomendamos leer, en El sobrino de Wittgenstein (novela anexa a su imprescindible autobiografía en cinco breves y densísimos e insultantes tomos) se explaya al respecto: "Porque un premio se lo entregan a uno sólo personas incompetentes que quieren defecar en la cabeza de uno y que defecan abundantemente en la cabeza de uno, si se acepta su premio. Y están en su perfecto derecho de defecar en la cabeza de uno, que es tan abyecto y tan bajo como para aceptar un premio. Sólo en la mayor necesidad y cuanto están amenazadas la vida y la existencia, y sólo hasta los cuarenta años, se tiene derecho a aceptar un premio que lleva consigo una suma de dinero o, en general, un premio o una distinción. Yo acepté mis premios sin estar en la mayor necesidad ni tener la vida y la existencia amenazadas, y con ello me hice abyecto y despreciable y, en el sentido mas exacto de la palabra, repulsivo. Sin embargo, cuando me dirigía a recoger el premio Grillparzer (...)". A continuación Bernhard, con este estilo supremamente negro y desopilante que inventó para todos los imitadores y plagiarios del mundo, nos relata que, ya en la Academia, como nadie lo reconoce, se instala con los suyos en medio de los asistentes. Claro que esto genera un delirante y payasesco ir y venir de las autoridades, hasta que alguien sí lo reconoce y, luego de otros despropósitos y chapucerías, es conducido frente al estrado y sentado junto a la Ministra. "Hubo algunos discursos sobre Grillparzer y se dijeron unas palabras sobre mí, en conjunto, sin embargo, fue una hora y, como siempre en esas ocasiones, se habló demasiado y, como es natural, tonterías. Durante esos discursos la Ministra se durmió y, como pude oir claramente, se puso a roncar, y no se despertó hasta que los músicos de cámara filarmónicos empezaron a tocar otra vez". (Incluyo esta cita, más allá del premio o los premios, para que mordisqueen una puntita del formidable estilo de Bernhard). Dicho sea al pasar: me gustaría conocer a un buen escritor del globo global que nunca haya recibido un premio. Sí. Hasta a veces pienso que llegó el momento de señalar en las contratapas, como extraña distinción, que el autor nunca fue premiado ni en Uruguay ni en ninguna otra parte; es decir, que jamás fue tocado por el más bello y omnipotente de los dioses (El Curro) ya que apenas fue abrazado por esas viejas brujas (Las Musas) que, si hoy no valen nada, en otra época fueron tan imprescindibles como los publicistas. Se dirá que escribo estas líneas, no para destacar un fenómeno o para elogiar a Bernhard, sino porque nunca me dieron un premio. Y sí: nunca. A menudo los jóvenes se me acercan y me preguntan por qué nunca gané un premio.
Leyendo una muestra del cuento uruguayo en dos tomos, donde como siempre faltan y sobran, lo que no falta o, mejor dicho, abunda, son los autores premiados. Me quedé alelado; no sabía que en el mundo y en Uruguay se daban tal cantidad de premios: a troche y moche. Escritores jóvenes tienen un currículum que ya quisieran los autores maduros como yo, los viejos como yo, si yo alguna vez hubiera querido tener algo tan absurdo como un currículum o hacer una carrera. Estoy en otra cosa. Naturalmente, los grandes artistas del pasado nunca recibieron un así llamado premio: engendro podrido y moderno de la así llamada "industria cultural". Thomas Bernhard (1931-1988), genio austríaco a quien recomendamos leer, en El sobrino de Wittgenstein (novela anexa a su imprescindible autobiografía en cinco breves y densísimos e insultantes tomos) se explaya al respecto: "Porque un premio se lo entregan a uno sólo personas incompetentes que quieren defecar en la cabeza de uno y que defecan abundantemente en la cabeza de uno, si se acepta su premio. Y están en su perfecto derecho de defecar en la cabeza de uno, que es tan abyecto y tan bajo como para aceptar un premio. Sólo en la mayor necesidad y cuanto están amenazadas la vida y la existencia, y sólo hasta los cuarenta años, se tiene derecho a aceptar un premio que lleva consigo una suma de dinero o, en general, un premio o una distinción. Yo acepté mis premios sin estar en la mayor necesidad ni tener la vida y la existencia amenazadas, y con ello me hice abyecto y despreciable y, en el sentido mas exacto de la palabra, repulsivo. Sin embargo, cuando me dirigía a recoger el premio Grillparzer (...)". A continuación Bernhard, con este estilo supremamente negro y desopilante que inventó para todos los imitadores y plagiarios del mundo, nos relata que, ya en la Academia, como nadie lo reconoce, se instala con los suyos en medio de los asistentes. Claro que esto genera un delirante y payasesco ir y venir de las autoridades, hasta que alguien sí lo reconoce y, luego de otros despropósitos y chapucerías, es conducido frente al estrado y sentado junto a la Ministra. "Hubo algunos discursos sobre Grillparzer y se dijeron unas palabras sobre mí, en conjunto, sin embargo, fue una hora y, como siempre en esas ocasiones, se habló demasiado y, como es natural, tonterías. Durante esos discursos la Ministra se durmió y, como pude oir claramente, se puso a roncar, y no se despertó hasta que los músicos de cámara filarmónicos empezaron a tocar otra vez". (Incluyo esta cita, más allá del premio o los premios, para que mordisqueen una puntita del formidable estilo de Bernhard). Dicho sea al pasar: me gustaría conocer a un buen escritor del globo global que nunca haya recibido un premio. Sí. Hasta a veces pienso que llegó el momento de señalar en las contratapas, como extraña distinción, que el autor nunca fue premiado ni en Uruguay ni en ninguna otra parte; es decir, que jamás fue tocado por el más bello y omnipotente de los dioses (El Curro) ya que apenas fue abrazado por esas viejas brujas (Las Musas) que, si hoy no valen nada, en otra época fueron tan imprescindibles como los publicistas. Se dirá que escribo estas líneas, no para destacar un fenómeno o para elogiar a Bernhard, sino porque nunca me dieron un premio. Y sí: nunca. A menudo los jóvenes se me acercan y me preguntan por qué nunca gané un premio.
domingo, 16 de septiembre de 2012
¿QUIÉN TE ESCRIBE LOS CARTELES?
(Cartel ubicado en la puerta de la cervecería "La Pasiva" de Garzón y Lezica)
Le faltó meterle la "Z".
No se si el baño será muy exclusivo, pero lo que sí es es excluyente.
Le faltó meterle la "Z".
No se si el baño será muy exclusivo, pero lo que sí es es excluyente.
domingo, 26 de agosto de 2012
EL FRENTE AMPLIO DESENMASCARADO
Cuarenta años después de que el preclaro Jorge Pacheco Areco lo denunciara, esta foto prueba finalmente la ingerencia rusa en la otrora fuerza de izquierda tupo/socio/comunista conocida como "Frente Amplio". Ahí los tienen a esos foráneos vendepatria enarbolando la bandera rusa (¡y de qué tamaño!) en la puerta del Comité de Base de Villa Colón, en la calle Santa María casi avenida Lezica...
jueves, 23 de agosto de 2012
PONÉTE DE ACUERDO
A ver si nos entendemos:
Antes no me dejabas cruzar ahí, y por eso pusiste una baranda para que no pudiera pasar, pero como yo y otros miles cruzábamos igual, al final te diste cuenta de que tenías que dejarnos cruzar y hasta pusiste un semáforo para que no corriéramos el riesgo de ser atropellados por un vehículo automotor.
Muy bien, muchas gracias, estuviste maravilloso.
Pero bueno, ahora sacáme la baranda, porque si no la cosa se me complica.
¿Viste?
Antes no me dejabas cruzar ahí, y por eso pusiste una baranda para que no pudiera pasar, pero como yo y otros miles cruzábamos igual, al final te diste cuenta de que tenías que dejarnos cruzar y hasta pusiste un semáforo para que no corriéramos el riesgo de ser atropellados por un vehículo automotor.
Muy bien, muchas gracias, estuviste maravilloso.
Pero bueno, ahora sacáme la baranda, porque si no la cosa se me complica.
¿Viste?
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