Esta nota la publiqué el 1º de enero de 2006, y aunque algo de agua ha pasado por debajo de este puente y algunas cosas han cambiado, en lo sustancial, la reflexión mantiene su vigencia. Eso pude comprobarlo los otros días, cuando los comandantes en jefe salieron hablando en varios medios luego de su reunión con el presidente. Yo le miraba la cara a Rosales (el comandante en jefe del ejército) y le ví esa expresión de cola de paja a la que hago referencia en este artículo. Porque por más que se le siga tolerando, Rosales es uno de los que no se arrepintió, y así lo dijo cuando quizo decirlo. En fin, aquí aquella pequeña nota que firmo y reafirmo de nuevo:
Cuando era pequeño vivía a pocas cuadras de la Escuela Militar en Montevideo, y en algunas fechas, los cadetes salían a desfilar por el barrio al son de su Banda. Yo tendría 8 o 9 años, y recuerdo cómo con mis amigos salíamos corriendo hacia la calle Cuñapirú cuando escuchábamos los aires marciales que anunciaban su llegada. Niños y adultos -embelesados- contemplábamos el paso de los futuros oficiales que –orgullosos- desfilaban al son de la Marcha 25 de Agosto, luciendo sus resplandecientes uniformes de gala y con la frente en alto.
Pero bueno, poco duraron ese embeleso y ese orgullo. Una década después, esos mismos cadetes que deslumbraban a nuestros ojos infantiles, ya habían comenzado a torturar, violar, asesinar y desaparecer a nuestros amigos y a nuestros vecinos, y a robarles las cosas y los hijos. Poco a poco fuimos conociendo las atrocidades que cometían cuando se quitaban el uniforme de gala y se ponían el de fajina, y pasamos de la admiración al asco y al desprecio.
Durante la Dictadura, ebrios de poder, los mismos militares se encargaron de que esa sensación de asco y ese sentimiento de desprecio fuera aumentando y generalizándose cada vez más. A la vuelta a la Democracia, por un momento tuve la esperanza de que la verdad y la justicia separaran la paja del trigo y me permitieran volver a sentirme orgulloso de los militares de mi Patria. Sin embargo, el férreo pacto de silencio e impunidad que se convino entre ellos y los líderes políticos de entonces, me lo impidió.
Es una lástima. Porque –honestamente- me hubiera gustado poder volver a disfrutar de un desfile militar como cuando era niño. Me hubiera gustado volver a ver a militares con la frente en alto y la mirada clara. Pero no, no es así. Es que ellos saben que nosotros sabemos lo que hicieron, y por ese motivo transitan por su vida con la cabeza gacha y la mirada esquiva. Cuando elevan su testuz, clavan la mirada en el vacío que está mas allá de nosotros, para no ver nuestras caras de desprecio, para que nuestro asco no los toque. Es inútil. Nosotros sabemos.