(y a mi no me importa mucho que digamos)

sábado, 30 de enero de 2010

RECUERDOS DE PORTO ALEGRE

LAS CALLECITAS DE PORTO ALEGRE TIENEN ESE QUÉ SE YO...
Andrés Capelán

PORTO ALEGRE/25.01.03/AGENCIA PÚLSAR - Cuando le avisaron que tendría que venir a cubrir este III Foro Social Mundial, el cronista estuvo tentado de traer su bicicleta. Es que sabe por experiencias previas que uno de los mayores problemas en este tipo de eventos es el de la locomoción, ya que el extranjero primerizo desconoce las pautas y las rutas de los transportes colectivos locales, desconocimiento que se magnifica porque muchas veces sólo encuentra alojamiento a bastante distancia del que será su centro de actividades.

Felizmente, no fue necesario fletar la bicicleta, ya que el cronista logró alojamiento en un lugar cercano al cuartel central de Agencia Púlsar en la "Puqui" (como llaman aquí a la PUCRS, la Pontificia Universidad Católica do Río Grande do Sul), y también es llevado y traído en auto a donde fuere por nuestro hombre en Porto Alegre, Carlos Catalogne ("El Cata" para los amigos). De todas maneras, quien escribe es "caminador" de ciudades, y en la mañana de ayer, desechó la comodidad del Chevrolet, y decidió hacer el recorrido desde el barrio Petrópolis hasta la “Puqui” a pie.

El cronista piensa que no se puede conocer realmente una ciudad desde dentro de un automóvil o un autobús, y como además es curioso, siempre que va a alguna ciudad nueva: la camina. Puestas así las cosas, tomó su bolsito, su termo y su mate, y a las 7:30 de la mañana partió desde los altos de Petrópolis hacia el llano donde está ubicada la Pontificia... Se felicitó de no haber traído la bicicleta; Porto Alegre está construída sobre un terreno muy quebrado, por lo que está lleno de repechos y a cada "bajada," le sigue una "subida." Y no se trata de las "bajaditas" y las "subiditas" montevideanas. No señor, como no podía ser de otra manera, estas “bajadas” y “subidas” brasileñas son “as mais grandes do mundo." Uno no sabe qué es más cansador, si subir esas pendientes de 30 o más grados, o si bajarlas, "frenando" a cada paso.

Pero además, las veredas de Porto Alegre no son uniformes. Por el contrario, son una especie de "Museo Viviente de las Aceras del Mundo." Es así que, tras transitar 10 metros por lozas de cemento, el caminante se encuentra con 5 metros de piedra laja, 8 de baldosas, tres de tierra, otros 5 metros de ladrillo plano, y para peor muchas veces separadas por escalones de hasta 20 centímetros de altura entre la acera de una y otra vivienda. Por otro lado, las calles interiores de los barrios portoalegrenses son mayoritariamente de un empedrado muy rústico. Entiéndase: no estamos hablando de los pulidos y uniformes adoquines montevideanos o bonaerenses. No, se trata de piedras en bruto de distintos tamaños y formas, mayoritariariamente la de prisma irregular. Es decir: cuando los ciclistas van al infierno, son condenados a transitar las calles de Porto Alegre por toda la eternidad.

Otra dificultad que tiene el caminante de esta ciudad de trazado tan heterodoxo, es el tamaño de las "manzanas," de las cuadras. Uno se encuentra tanto con manzanas con lados de 50 metros, como con otras de 500 metros de lado, y el cronista no exagera. Sin un buen mapa, el caminante no puede aventurarse a buscar una callecita paralela y sombreada para evitar el cruento sol que eventualmente se derrame sobre su ruta preestablecida. Si lo hace, podrá terminar a kilómetros de su destino, y se verá obligado a caminar el doble de lo previsto, andando y desandando camino según el capricho de los sádicos urbanistas que trazaron estas encantadoras calles y callecitas.

Porque una cosa no quita la otra. Con un buen mapa, y un estado atlético promedio, el viajero puede verdaderamente disfrutar del caminar por esta ciudad tan acogedora. Tras las consabidas rejas que en los últimos años se han convertido en la pauta urbana más generalizada en las ciudades latinoamericanas, lujuriosos y cuidados jardines alegran la vista al viajero. Las veredas lucen hermosos árboles de variadas especies, entre los que se destacan muchos -muchísimos- Ibirapitáes (junto al Jacarandá, unos de los árboles favoritos del cronista), los que para alegría de todos, en estos momentos alzan sus hermosísimas flores de amarillo rabioso hacia el celeste cielo riograndense.

La flora y la fauna portoalegrense hacen menos penosa la saudade del viajero rioplatense, ya que son casi las mismas que en nuestros lugares. A la mañana -por ejemplo- el cronista es despertado por el canto del los benteveos, y cuando abre su ventana lo recibe un ibirapitá florecido, árbol al que quiere mucho, no sólo por ser hermoso, sino porque es el árbol bajo el cual tomaba mate José Gervasio Artigas en su exilio paraguayo. A propósito de "El Protector de los Pueblos Libres," el cronista ha de dejar constancia de que lo entristeció mucho comprobar que el nomenclator portoalegrense solamente recuerda a Don Pepe con una pequeña callecita empedrada (ubicada precisamente en el barrio en el que pernocta), para colmo de males encerrada entre dos paralelas que se llaman Rivera y Buenos Aires. ¡Pobre Artigas! En Porto Alegre rodeado también de traidores, igual que cuando estaba vivo...