(y a mi no me importa mucho que digamos)

lunes, 23 de noviembre de 2009

SE NOS VIENE FIN DE AÑO...

El “Fin de Año” es mi festejo favorito. Me gusta porque es paganismo puro, disfrute puro. A diferencia de las otras “Fiestas”, el Fin de Año carece de cualquier connotación religiosa, lo que deriva en que no posee esa cuestión trascendental que sí tienen la Navidad y la Epifanía, ni de esa carga esperanzadora pero al mismo tiempo angustiosa de la Semana Santa.

No, el Fin de Año viene solo, sin Papáses Noeles ni Reyeses Magos, ni olivos ni cenizas, ni nada más que los fuegos artificiales. No hay que recibir ningún regalo ni hay que regalarle nada a nadie, ni hay que pedir perdón por nada, ni hay que rezar por nadie, y por eso no nos sentimos culpables por no hacer alguna o ninguna de esas cosas.

El Fin de Año es el fin del año y chau. Así nomás. Nos decimos “buen fin y mejor principio”, realizamos las orgías gastronómicas de rigor, tiramos cuetes, nos agarramos otro, y al día siguiente hacemos las valijas y nos vamos de vacaciones a la playa. Ese es uno de los secretos de la simpatía que despierta el Fin de Año: ¡es la víspera de las vacaciones!

El concepto “Fin de Año” se halla indisolublemente unido al dolce far niente, a la sal y al sol, al mar y a la arena, a la sombra de los pinos, a los libros que leeremos, a los amigos y/o los amores que encontraremos o podremos lisa y llanamente evitar sin dar demasiadas explicaciones. Asi pues: festejen y festejen, y no piensen demasiado, que ésa es la receta para ser feliz.