"Cuando nos juntamos ella tenía 14 años y yo 38 -sigue contando Robledo sin que nadie le pregunte nada- y al principio ella dudaba porque decía que la diferencia de edad era mucha, pero yo le dije que el amor no tiene edad y ella se convenció y vivimos juntos 7 años. Era virgen... Nos separamos porque ella quería tener un hijo (tuvo tres abortos míos), pero yo no le veía futuro a eso, no me cerraba tener un hijo a los 45 años, ya sos medio veterano para eso a esa edad..."
Hoy hacía calor, Robledo subió al ómnibus y abrió todas la ventanillas y las tapas del techo. Subió el asiento y luego le saltó arriba varias veces hasta que quedó a su gusto. Se quitó el chaleco violeta y se arremangó los pantalones hasta las rodillas. "No sabés cómo sufro el calor -me dijo- hasta me pone de mal humor el calor, me tira abajo, me saca las ganas de hablar. Yo prefiero mil veces el frío, ahhhh el frío es divino, te revitaliza" -dice, y se calla supongo que porque hace mucho calor.
A media tarde, la temperatura baja 10 grados, y Robledo comienza a estornudar. "Es esa pelusa de porquería de los plátanos -me dice- se te mete por la nariz y la garganta, todo por acá y me da alergia (miro alrededor y no veo ni una pizca de pelusa, el temporal de anteayer se la llevó toda) tendrían que cambiar esos árboles por paraísos, uno sí y uno no, para no dejar a la gente sin sombra mientras crecen los paraísos, un año en un lado y un año en el otro, hasta cambiarlos todos (Robledo vuelve a estornudar pero no dará el brazo a torcer, terminará el turno estornudando y sonándose la nariz con pañuelos descartables que tirará por la ventanilla y sin ponerse el chaleco ni la campera. Eso sí: trabajará con los pantalones sin remangar).
"Mirá eso (me dice tocando bocina y señalando con un movimiento de cabeza hacia una muchacha de unos 20 años con el pantalón muy ajustado que cruza la calle) son una locura las mujeres de ahora. ¿Sabés? Hoy venía de pasajero en el ómnibus y subió una gurisa de escuela, con túnica y todo, unos... (piensa) unos once años tendría. Yo venía sentado ahí, y ella se sentó acá, en el asiento de los bobos, y de repente la miro y me estaba mirando, y bajaba la cabeza y me volvía a mirar cuando yo no la miraba, unas trenzas rubias así, todo por acá, preciosa gurisa, pero escolar ché... los gurises de ahora vuelan... Cuando vivía en la pensión, se me regalaba una gurisa de once años, venía a mi cuarto y se sentaba en mi cama y me miraba, pero yo nunca nada, tenía once años y era un pescadito así (levanta su dedo índice y me lo muestra) parecía un pejerrey, pobrecita; al final se la terminó levantando el hijo de uno de ahí que tenía 18 años. Después la botija, sí, comenzó a agarrar formita, a echar pechitos. La que estaba buena era la madre (continúa entusiasmado) unos pechos así, tenía (forma dos grandes concavidades con sus manos), yo la veía porque había hecho un agujerito en el tabique, con un clavo caliente, había hecho un agujerito y vichaba por ahí. "