(y a mi no me importa mucho que digamos)

miércoles, 14 de octubre de 2009

LAS NIEVES DEL TIEMPO, LAS DE QUEBEC, Y LAS DE LOS ANDES

El lunes 5 de octubre a las cuatro de la tarde, al detenerse el ómnibus en el semáforo de Luis Alberto de Herrera y Burgues, miré hacia mi derecha y vi a un señor con un pelo muy "Castaño Nº4" y unas cejas y unas patillas más blancas que la nieve, que la nieve blanca, ambas cuatro muy pobladas. El hombre estaba fumando un cigarrillo y conversando con otro, recostado en la pared "amarillo Dumbar" de El León de Caprera.

El contraste entre los colores de sus distintas pilosidades llamaba verdaderamente la atención (parecía un lemur). Saqué entonces un papelito y anoté "Señor con pelo Castaño Nº 4", con la intención de escribir un comentario parecido a éste, y el martes 6 efectivamente lo hice. Pero luego me arrepentí y lo borré y escribí lo que escribí, y dejé el papelito en mi escritorio para volver sobre el tema más adelante y me olvidé del asunto.

El Jueves 8 de octubre a las 17:05 horas en la plaza Cagancha, el 188 se detiene en la parada para levantar pasaje. Sube una mujer con un niño en brazos, dos escolares, una anciana, y... ¡el señor con pelo "Castaño Nº 4"! Lo miré asombrado, y por un segundo pensé que venía a recriminarme por mi comentario, pero enseguida me acordé de que al final no lo había publicado. Entonces fue peor, porque pensé que el tipo sabía lo que yo había pensado de él. ¿Por cual otro motivo iba a subir a mi ómnibus tan lejos de los lugares que frecuentaba habitualmente?

Él me miró a los ojos, serio, extendió su brazo, y me dijo enfático: "céntrico". Reaccioné a tiempo y al tiempo que apretaba la tecla correspondiente con mi pulgar derecho, extendí mi mano izquierda, recibí sus nueve pesos (una moneda de 5 pesos y dos de dos pesos), y tragué saliva.

El tipo se sentó frente a mi, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no mirarlo directamente, aunque de todas maneras pude comprobar que el tan notorio contraste entre sus diversas capilosidades no se debía a algún teñido parcial o defectuoso con un eventual "Castaño Nº 4", sino a que el señor usaba una lustrosa peluca, aplique, entretejido, peluquín, extensión, o como se llamara ese felino que le cubría la cabeza...

En unos pocos años yo también me voy a quedar pelado, y como sé que no me va a gustar andar con la cabeza descalza, en lo particular, ya he comenzado a comprar distintos tipos de gorras, gorros y sombreros, y en lo general, voy a ver si puedo patentar la peluca con patillas. Porque hay cosas que me duelen en el alma, como ver al señor del pelo "Castaño Nº 4" haciendo el ridículo por ahí sin que nadie le avise.

¿Ese hombre no tiene familia? ¿No tiene amigos? ¿No tiene a nadie que lo quiera? ¿Está solo en el mundo? ¿O es un necio que no le hace caso a lo que le dice la gente que lo quiere bien? ¿Que hago entonces? ¿Me conmisero con él o lo condeno por cabeza dura? Lo más probable es que nunca obtenga respuesta para ninguna de estas interrogantes, así que mejor me olvido del asunto y cambio de tema.

LA PRIMERA VEZ QUE VI NIEVE

La primera vez que vi nieve en vivo fue 16 de abril de 2001 en la ciudad de Quebec, y era mas bien gris, apelmazada, llena de hollín y mugre. Restos de la nieve del invierno que se derretía poco a poco bajo el tímido sol primaveral, pero no se derretía en aquellos lugares donde Febo no llegaba, como ser una plazuela que estaba del lado de la sombra, ahí en la Rue Charlevoix (este dato inútil lo incluyo nada más que para mandarme la parte).

Y sí, en las grandes ciudades, por más limpias que sean, la nieve ya viene mezclándose con el smog mientras cae, y después, si nadie la levanta, se mezcla con todo lo que puede haber en la vereda o en la calle (ramas, semillas, papeles, tapitas, el pedregullín negro que tiran ahora para que los autos no patinen (*), etcétera), y eso le da un color agrisado. Por eso arriba decía yo que esas patillas eran más blancas que la nieve blanca.

Pero además, esa nieve como hielo, era muy pero muy fría. Te parabas arriba o al lado y parecía que te habían abierto una heladera. Irradiaba frío, mucho frío. Y cuando me di cuenta de eso pensé en Parrado y en los otros muchachos del Old Christian's, que estuvieron tanto tiempo en la nieve.

Y me volví a preguntar por qué nadie dice nunca que si los acomodados padres de las víctimas de la Tragedia de los Andes no hubieran sido tan miserables como para garronear el viaje a la Fuerza Aérea en lugar de pagarles el pasaje en Lan Chile, no se hubiera muerto nadie.
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(*) Me contaron que antes se echaba sal gruesa en las calles para derretir la nieve, pero que esa costumbre debió abandonarse pues la sal terminaba picando los guardabarros de los vehículos, entonces empezaron a tirar ese pedregullín, que al derretirse la nieve cubría calles y aceras en algunos lugares de Quebec que todavía no habían sido lavados o barridos.