(y a mi no me importa mucho que digamos)

viernes, 23 de octubre de 2009

BARRIENDO Y RASTRILLANDO

Al sereno de la terminal del 188 le gusta barrer la vereda antes que nada. Todas las noches, cuando llega, lo primero que hace es guardar la bicicleta y preparar el mate. Pone a hinchar la yerba, y luego agarra la escoba y se barre fetén fetén toda la plazoletita. Un gusto ver barrer a ese hombre, porque el hombre realmente barre con gusto. Sistemáticamente, con energía, con prolijidad, pero principalmente con gusto. Uno se da cuenta cuando una persona hace algo con gusto. Y luego de que deja la plazoletita hecha un jaspe, se sienta en uno de los bancos (de los que están afuera, si hace calor; de los de adentro, si hace frío), y matea manso y tranquilo hasta que se le lavan los mates (los dos, el que tiene en la mano y el que tiene en el cuello). Si usted no conoce esa plazoletita, es muy fácil de ubicarla, es esa que está ahí en la proa de las calles Paraguay y Mendoza, completamente rodeada de cajas y filtros de cigarrillos y boletos de ómnibus y botellas de plastico, todo embebido en restos de gasoil y aceite y charcos de agua en los que flotan el gasoil y el aceite, porque ellos que son extranjeros no se mezclan con el agua. que es una plebeya de ahí nomás, antes de Florida. Porque el sereno barre la vereda, pero la calle no la barre nadie, lo que se dice nadie. Sólo la lluvia y el viento impiden que el nivel de la basura no supere la altura del cordón, por ahora, del lado de Mendoza ya le falta poquito.
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Ayer al mediodía, volvía del supermercado y encontré a dos vecinas conversando en la calle Pinta. Una iba de paso, la otra rastrillaba la vereda (ya conté que aquí en Villa Colón Sur no hay aceras nada más que frente a la Iglesia mormona), tirando también las hojas y las ramas y los papeles a la calle para que el viento se los lleve más fácilmente (porque en Pinta hay cordón de la vereda y todo, en Santa María, en cambio, calle y cuneta y la banquina te la debo. Pero bueno, el asunto es que cuando yo pasé, la que iba de paso le decía a la otra: "Yo, voy a tener que conseguirme un perro, porque tenía dos y se me murieron y ahora sólo me queda el loro". Y no se más, porque seguí caminando al son de la cumbia villera que desgranaba la calesita del Tony Park que está instalado en la plaza 12 de Octubre. De tanto escucharla, la cumbia villera ya no me parece tan fea ni tan grosera. Se ve que todo es cuestión de educar el oído ¿No, Achugar?